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sábado, 19 de septiembre de 2009

EL CANTO DEL ALDEANO


EL CANTO DEL ALDEANO

(Premio “Castillo de Cortegana” de Poesía 2003)

I CANCIÓN DE TIERRA


Venid todos los hijos rodantes del cemento,
salid de vuestras prisas, acompasad los pasos,
venid, juntos vayamos despacio por los campos
barriendo los antiguos caminos polvorientos.
Unámonos radiantes y excelsos en un canto
formando tibios corros de luz por los barbechos,
movamos las raíces, limpiemos los desechos,
la gracia de los genios profundos invocando.
Hundid los pies desnudos, plantadlos en el suelo,
conectad verticales con el fiel de la tierra,
hinquemos nuestros ojos en luminosa siembra,
llovamos como besos penetrando su lecho.

Venid, moved la gleba, trazad besanas vivas,
peinad con vuestras manos los broncos almorrones,
sembrad vuestros alientos bajo de los terrones
y aguardad el misterio que en la sombra respira.
Al sol germinaremos, erectos como espadas,
mas seremos mazorcas y seremos espigas
y serán amapolas las únicas heridas
y serán hortelanas las únicas granadas.
Con gozo aventaremos altos los trigos limpios
y amasaremos panes dorados y con alas
que llevarán nutricios milagros donde vayan,
bordando las sonrisas colmadas de los niños.


II CANCIÓN DE AGUA


Venid los derretidos paisanos del asfalto,
no temáis los zarpazos de la sed ni del hambre,
no temáis que los rayos del sol os arañen,
ni a que el barro os maltrate los pies sin zapatos.
Buscad el brillo oculto en vuestros propios estambres,
que delata el rocío derramado en los labios,
y hallad eterno y niño, como crece saltando,
vuestro candor de dioses gestándose en la sangre.
Bebamos sin recelo del agua sanativa
que brotará en desiertos y en nuevos manantiales,
llevando a nuestras venas las perlas minerales
que nos guarda la tierra, Gran Madre precavida.

Venid y que en las norias rueden los cangilones,
que los chorros de plata den cuerda a sus clepsidras,
y que corran las aguas libertas de las hidras,
esparciendo el consuelo en los secos caballones.
Cortad, sorbed las uvas maduras y moradas;
y el dulzor de manzanas y de melocotones
convertid en buen vino y afrutados licores
que ensanchen las antiguas arterias fatigadas.
De noche haremos fiesta sagrada de vendimia,
se mezclarán las sangres de todos los rincones,
y juntos bailaremos altos bailes de amores
en ágape infinito de una sola familia.


III CANCIÓN DE AIRE


Venid los dormitantes en promiscuas colmenas,
rehuid la umbría carcoma que vaga por las calles,
buscad cielos abiertos sin puertas y sin llaves:
que los cubiles foscos no sean vuestras condenas.
Dormiremos al raso estelar de los oteros,
cubiertos por ensueños, viajeros en melenas
de brisas hacia prados sin muros ni cadenas:
que despertar podamos pletóricos y enteros.
Volad, los cuatro vientos serán nuestros hermanos,
venid que nos henchamos y henchidos habitemos
los vientos de bonanza terrales y mareros,
planeando por encima de alisios y solanos.


Respirad y troquemos hollines por fragancias,
sorbiendo un aire vivo que alivie los pulmones;
con la simple batalla de las respiraciones
las podres limpiaremos y las escorias rancias.
Soplad, renaceremos del hálito divino
que en nuestras fontanelas de continuo se escancia,
y en él nos creceremos en alma y elegancia
hacia torres celestes vigías de los destinos.
Venid, nos recrearemos de espíritu y de arcilla,
venid, no habrá más guerras ni habrá más desatinos
pues todas las contiendas serán soplo y suspiros
de amor, declaraciones flagrantes de la vida.


IV CANCIÓN DE FUEGO


Venid los tripulantes de naves asesinas,
quebrad los cigüeñales de todos los motores,
que no maten más aire las sucias combustiones
ni en las venas metálicas corra la gasolina.
Construiremos carrozas ligeras y tractores
movidos por la fuerza esencial del universo,
que vibra en los sutiles pegasos del dios Helios
y mueven hipocampos de mares superiores.
Domad el fuego vivo que os arde en los volcanes
del pecho y prisionero llevadle, nunca dueño,
sumiso del monarca que rige nuestro imperio
de simientes ansiosas de chispas siderales.

Venid y veros tenues luciérnagas ardiendo,
llenad toda la tierra con vuestras luces trémulas,
¡Saberos llamas vivas, velas, antorchas, lenguas
de fuego mientras arde su cera y van muriendo!
Arded, no tengáis miedo al vuelo de las pavesas
ni a que vuestros pabilos se vayan consumiendo,
que si no ardemos vivos ¿Para qué viviremos
si no es la vida más que el temblor de la candela?...
Venid, surtid candiles, labrad, prended las mechas,
sembrad, la sombra es mucha y urgente es la tarea
de alumbrar que nos llama a la plaza de esta aldea:
¡A la campiña hermanos, que es hora de la siembra!

3 comentarios:

  1. Huele a tierra que gesta la semilla del trigo, la cebada, del girasol, mientras ivernan las yemas en las cepas de las vides.
    Huele a pan horneado al calor de la leña, a café recién hecho despertando el día en la jornada del labriego en la campiña Cordobesa, en los verdes olivares, en todo el campo de los pueblos de mi Córdoba, romana, judía, mora y cristiana... Ese aroma me traen estas letras, que sin duda forman parte del alma de un poeta...

    Besos
    A.Maíllo

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  2. Tus cantos me recuerdan en cierto modo "El canto de los esclavos" de Nabuco, de Verdi.
    Si nadie siembra, ¿de qué viviremos? Espero que la tierra, algún día, recobre su valor, y que quienes la trabajen no se sientan ni esclavos ni míserables, que reciban lo que merecen.
    Aurora

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  3. Así sea, Aurora, así sea. Bienvenida, gracias y encantado de tu visita.

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