Del 30 de octubre al 7 de noviembre de 2009 se celebrará en Rute un homenaje a la cabra y a los cabreros que tendrá como epicentro la figura del poeta cabrero MIGUEL HERNÁNDEZ. Estos actos están organizados por la Asociación para la Defensa del Borrico (ADEBO) cuyas almas mater son Pascual Rovira y Quisca Caballero. Desde que tuve noticia de la iniciativa me tocó el tema de lleno y empecé a escribir este poema en forma de diálogo con una cabrita blanca que ellos tenían y que iba a ser la mascota de las jornadas. Se llamaba Diana, y digo se llamaba porque por desgracia la cabrita enfermó y murio sin remedio pocos días después, con lo que el diálogo se tuvo que convertir necesariamente en una elegía que empieza recordando a aquella otra que el poeta de Orihuela hiciera a su amigo Ramón Sijé. El tono elegíaco me pedía el arte mayor, pero a la vez quería recordar con ella las estrofas de cinco versos (quintillas) de los troveros de la Subbética, cuyo más claro exponente creo que fue un trovero-cabrero a quién yo no conocí, pero cuya fama se ha conservado en el tiempo, y este era el "poeta" LOMA LARGA. El resultado fueron estos quintetos donde me han aflorado los recuerdos caprinos de mi infancia y adolescencia y con los que espero contribuir con un grano de arena a la mejora de las condiciones de vida de este colectivo tan castigado por la indiferencia y el mercado globalizado.
(Próximamente incluiré el video de la lectura del sábado 31)
ELEGÍA A DIANA
La cabrita adoptiva de Kika y de Pascual.
Nunca tuve zapatos,
ni trajes, ni palabras:
siempre tuve regatos,
siempre penas y cabras.
(Miguel Hernández, cabrero y poeta)
Cuando me vean mis cabras
por la mañana ordeñar
se cambiarán de palabras
y unas a otras se dirán:
“-Éste ya no es Loma Larga.”
(Trovo improvisado por el trovero Loma Larga
después de ganar como premio un reloj
en una velada de “poetas” en Zambra)
Por Sierra Alta, su cielo y el mío,
se nos ha ido como el rayo la cabrita Diana,
con quien tanto sonábamos...
Yo vengo a ser doliente primo hermano
rumiando púas de cardos y coscojas,
despeñando mi rabia en los barrancos
y llorando leche agria de congoja...
Os agradezco un apretón de manos.
Lloro la muerte de las cabras blancas,
de las negras, berrendas y retintas,
de costeñas, moriscas y murcianas,
de cabras majoreras, granainas,
payoyas, moncaínas y veratas.
Yo Lloro la agonía de los cabreros
de la Sierra de Rute y de Gaena,
de Iznájar, de la Gallinera y Priego;
tanto o más que lloraba el de Orihuela
lloro el silencio mohoso del cencerro.
El silencio aciago de los alambres:
del zumbo y la piqueta pesetera,
del mediano y piqueta de tres reales,
las campanillas, las cascabeleras,
y el piquete mayor, de cinco reales.
Sus badajos de hueso y sus metales
repicando pastoral sinfonía,
los berridos, las voces de zagales
y ladridos de perros componían
baladas nemorosas celestiales.
Lloro el fin del desfile de las cabras
por las calles cuando el sol anochece,
las mujeres saliendo de sus casas
para darle al cabrero el cueceleches
y que allí mismo se las ordeñara.
Como un chivo yo lloro igual que un niño,
como un chivo, que no como un cordero;
y al notar en el cuello el orificio
de la fría faca del recovero
me rebelo y berreo clamando auxilio.
Pues sabed que el andamio de mis huesos
y la mina encendida de mi sangre
se irguieron, chorro a chorro, de los pechos
caprinos y las manos de mi madre
hermanados en el rito del ordeño.
Era seda esa leche en las mañanas
en tazón de pan frito, era derroche,
don de dioses en las duras jornadas;
y tesoro de sueños por las noches
la íntima fuente de leche migada.
Y cuando las ubres se prodigaban
acreciendo su milagroso don
el portento del cuajo revelaba
la miga del queso y el requesón
que la pleita escurría y moldeaba.
Desde el hondo misterio, en la alacena,
preñados de oro aceite, me miraban
los ojos blancos de la luna llena
de aquel queso otoñal hijo del alba
del prodigio de las primeras hierbas.
Es el queso de cabra quintaesencia
de la luz atrapada en clorofila,
de elegidos bocados, de querencias,
de la música afín de las esquilas
y aromas afrutados de turgencia.
Exquisito bocado fresco y blanco,
maduro “bocato di cardinale”,
y al surgir de la quesera añejado,
sustancioso de picores florales,
se antojaba manjar de Padre Santo.
Pues la cabra es de suyo “caprichosa”
eligiendo las yerbas más lozanas
y las flores más limpias y olorosas;
y no bebe si no es de un agua clara
sin olores de bestias ni babosas.
Cuando niño, al salir de la escuela,
yo tenía que carear mis cabras
en la estela feraz de las cunetas
o mudarles la estaca y darles agua
(a veces se la eché por la cabeza).
Con ellas yo aprendí hasta el escondido
secreto de la vida procreadora
de llevarlas a aquel macho cabrío
de la piara que Antonio el de Amadora
tuvo en Portugalejo, junto al río.
Cuando el macho olisqueaba el mandao
y Antonio le quitaba la capacha,
se sacaba aquel lápiz colorao
y al quedarse la cabra cornigacha
le escribía en el trasero su recao.
Conocí las piaras de Tiburcillo,
del Molejón y del Cortijo Nuevo,
de las Capellanías y de Trujillo,
que alojaban las cabras a renuevo
y me dieron un susto de chiquillo.
Y es que mi padre porque yo estudiara
me asustó con mandarme de cabrero,
al cortijo Salmerón con la piara,
a velar las siestas en los oteros
y a tirar de honda y piedra viborera.
Yo estudié y mis faenas desempeño,
apacentando niños y no cabras,
no he llegado ni a figurarme el sueño
que mamaron Miguel o “Loma Larga”
yendo del corazón a sus ordeños.
Yo ya sé que un redil no es un palacio,
que no son conguitos las cagarrutas,
que la vida pastoril no va despacio
y el cabrero que vuelve de su ruta
llega al establo sudoroso y lacio.
Yo ya sé que la Arcadia no existió
ni existieron Nemoroso ni Salicio,
que Amarilis, Galatea o Corindón
fueron gráciles inventos de Virgilio,
Garcilaso o Jorge de Montemayor.
Pero quiero creer que vuestra Diana
fue esa pastora de los siete libros
que amó a Sireno y que Silvano amaba,
o una ninfa del agua del olvido
que la sabia Felicia preparaba.
Y quiero imaginarla en la pradera
superior, dispuesta para el ordeño,
blanca leche por dentro, blanca fuera,
blancos chorros de estrellas en despeño
de lluvia que nos nutre y nos macera.
Se habrá unido al rebaño de palomas
azuladas que llaman las cabrillas,
radiará con su luz nuestros estomas
y en las noches sin luna ni neblina
guiará nuestros pies de loma en loma.
Yo le colgaré haces de ramones
blanquiverdes de paz y fortaleza
y subido en los altos farallones
de la sierra, la llamaré con fuerza
hasta ver como asoma sus pezones.
Me dará su leche vivificante
y cuajaré mis poemas más sabrosos
en versos blancos de poeta rumiante;
os los daré en taquitos generosos
plenos de su poder letificante.
¡Vivan las cabras de la tierra y del cielo,
vivan los chivos y chivas que cosechen
vivan zagales, pastoras y cabreros;
y vivan los hijos de la buena leche
blancos por fuera y más blancos por dentro!
“Echemos la despedida
que las cabrillas van altas
y viene la luz del día
descubriendo nuestras faltas”
(Letrilla popular de ronda y aguilandos)


