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sábado, 19 de septiembre de 2009

POESÍA URBANA

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Octubre 2006.

Como ahora está tan de moda la poesía urbana,
yo, que soy un poeta aldeano y quasianónimo
(que no diré anodino por no escatologizar,
pues siempre hay quien se escatologiza y se anonada por nada),
o sea que como digo, yo que soy un poeta cateto,
(y honradamente lo prefiero a ser un bardo hipotenusa
que hay palabros que mejor que no sean proferidos)
he venido a esta gran ciudad soberbia y deslumbrante
porque, aunque la leche cateta de ordinario
suele brotar espléndida, de teta sana y conocida,
me gustaría mamar aunque fuese algún breve “chijate”,
(diríase en mi pueblo, rimándolo con vate,
lo que aquí fuera “chorrito” rimado con poetito);
en fin, entiendan: un trivial saltadorcito
de esa otra leche descremada y descreída,
de la leche desenterada y desnutrida
que sale de esta fina y elegante ubre,
de esta urbe en la que chupan, se chivan y chochean
los poetas posmodernos de cierto renombre;
esos que salen en los suplementos culturales de los diarios
y publican poemas llorones y biliosos
que suenan como graves epitafios post mortem.
(Requiescant in pacem... ¡Aamen!...
... requiescant et ament... et pauco et bono scribant)

... He bajado del coche de línea traqueteado y con mareos,
y no he llegado a oscular del todo las baldosas
recién enjabonadas del zaguán de la estación
por temor de que el ósculo tornase en culetazo,
y notando mi extraña maniobra, sacudiera
la sufrida limpiadora la cabeza, satisfecha
de su oficio... y aliviada por no ser mi psss...iquiatra.
Así que apenas hacer pisss..., he salido a la calle deseando conectarme
con el alma maleable de este hormiguero alquitranado
que envuelve a tanto ciudadano y ciudadana de bien, y de biena
digamos para ser politéticamente correctos y correctas...
(bueno, las ciudadanas, correctas, e incluso incorruptas,
para mí que mejoran bastante cuando son con curvas);
pero como digo estoy deseando imbuirme de los espíritus
guiñadores, llamativos y mutantes, que habitan
en las promesas del neón, a veces tan de non;
de esos espíritus presos, deseosos de escapar de sus escaparates
donde todo, hasta los disparates, se vende cada día más barato...
a que me conquisten y me desbaraten las musas,
esas musas mocosas que pueblan los rincones en penumbra,
sucios de tachones de spray y espolvoreados de azufre
por las mismas madres de los mismos borrachos meones y temblones
que se maldicen unas a otras diciendo: ¡Que polvos más desperdiciados!,
(que pienso lo dirán seguramente porque sepan que el azufre
para lo que tiene su mejor utilidad es para que no se piquen las tomateras...)

Pero bueno, esto sólo son estampas, aunque uréicas, anecdóticas,
de la por otra parte tan saludable y exquisita vida ciudadana...

Confieso que estoy bastante esperanzado en mi suerte,
y para paliar en parte mi paisana compostura,
he tenido la precaución de desprenderme de la gorra de visera
y procuro no circular con la boca abierta ni adoptando
el típico gesto ingenuo de atolondre, que a la legua
casi siempre nos delata a los pueblerinos.
También pongo cuidado de no meter el queso
en las catalinas de perro que siembran las aceras.
(Vean que no pongo caninas por no forzar la rima interna...)
La verdad que, acostumbrado como estoy al tufo del estiércol,
no obstante me agobia tanta profusión ¡y tan pegajosa!;
y de otra parte no es buena postura para la inspiración
la del que deambula continuamente cabizbajo y aprensivo...
(... Aunque no se podría decir tampoco que este cielo tan parcelado
fuera especialmente propicio a singulares trances iluminatorios...)
De todos modos yo sé que éstas son sólo pequeñas contrariedades
de la vida civilizada y conurbana, que se ven compensadas de lleno
con la tranquilidad que dan las ordenanzas municipales
y el estímulo sensible del lubricado mecanismo de la vida vaginal,
¡perdón, quise decir vecinal, que no sé en que estaba yo pensando!...

Así que, aunque siempre me gustó más el arroz con leche,
procuro flanear, ni altivo ni sumiso, con la mirada al frente
y el cogote a cubierto, tal como me enseñó el sargento Berruguete;
con el rabillo del ojo presto a cuanto de inesperado me competa
para evitar en lo posible los peligros inmundos del tráfico mundano.
(nótese de nuevo como evito la rima con butano, con trompeta y con retrete).
Siento que mis poros se abren a una nueva e inefable realidad
mucho más densa y sustanciosa -¡dónde va a parar!-
que la que acostumbro a trasegar en mi poblado;
y noto en las mucosas y en los capilares más recónditos
que este aire cargado de anhídridos y de miradas seductoras y cortantes,
este aire que alimenta los ijares de tanto humano acolmenado,
acabará refinando mi sangre gorda y rústica
tornándola en otra tan etérea y voluble como la gasolina sin plomo;
y qué duda cabe que mi corazón empezará a carburar
mucho mejor de lo que lo hace ahora que arrastra tanto poso agreste.
Sé que se me va a aguzar el ingenio del lobo dormido que llevo dentro
y voy a saber captar la esencia de la verdad que mueve el mundo;
todo dependerá de mi solicitud en atrapar la ocasión
con suaves y certeros zarpazos de lince ciudadano
(¡“ciudadano”!... ¡Oh qué palabra tan digna y tan derecha,
qué hermosa en boca de ministros y consiliarios,
qué palabra, digo, para un poema épico universal!
–sin rima, sin estrofa ni estrambote, ¡faltaría más-!)

Siento que voy a escribir de un momento a otro el peoma... ¡digo el poema!...
de mi vida (me equivoco porque al fin y al cabo se trata de una airosa liberación...)
un poema que venderé a precio de oro viejo a un editor...
a un editor pos ¿como diré?... pos posmoderno.
Ya sabía yo que para no desentonar de la poesía de este siglo flamante y digital,
tenía que cambiar la poesía virtuosa por la poesía virtual,
dejándome atrás el vocabulario mesurado, autocensurado y tonsurado,
tenía que dejarme en el cajón de la cómoda los metros y las rimas que tanto la afean,
ir suelto de manos procurando no metrometerme ni andarme por la ramas...
(Aparte de los pocos árboles disponibles, la policía municipal podría alarmarse
y llevarme al cuartelillo acusándome de “varonía rampante”...
Eso sería una vergüenza para mi familia y me desengloriaría sobremanera);
y yo he venido a la ciudad a engancharme y a mamar en la poesía urbana,
a enamorarme de las farolas ingrávidas y escuetas de los bulevares,
de los parterres de tierra sintética y florcitas delicadas
(¡qué dónde van a parar con los vulgares arriates de geranios de mi pueblo!),
a prendarme del mobiliario urbano animalista... ¡digo minimalista! de diseño
y de las muchachas famélicas de lacias melenas y uñas largas,
de las muchachas de tacón alto y ombligo descubierto y piercingado,
de las muchachas descotadas, descogotadas y desdenmediadas,
de las muchachas de labios prietos recortados en marrón
que tanto glamour rezuman cuando fuman o manejan el móvil último modelo.
(¡Vaya, se me coló la rima interna: la carne, incluso magra, me sigue descentrando!)

Definitivamente estoy que me salgo de fauce,
nunca imaginé que el efecto ciudadano fuese ¡tan rápido, tan intenso...!
En este preciso instante me dirijo al Corte Inglés...
Es más, ya estoy en la misma puerta y puedo oler los “Chaneles” y los “Ohdetés”,
y deleitar mi vista con los expositores repletos de increíbles y ordenados tesoros
y con las sonrisas uniformadas y pletóricas de urbanidad de las empleadas...
Ahora me quedo eclipsado por la inimitable perfección
de un adorno floral de margaritas de un plástico ¡tan real, tan refinado!
que se me agolpa la emoción en los ojos y el gaznate y...
Siento que me voy a romper en versos solemnes de un momento a otro...
¡Ya veréis, ya veréis qué oda floreada voy a publicar dentro de poco...!

...Bueno, estooo,... por si no me saliera tan bordada... ya que estoy aquí
voy a buscarle a mi señora, en la sección de delicatessem,
dos latitas de pimientos del piquillo que me ha encargado:
Los hace con un relleno de chicharrones a las finas hierbas... ¡tan delicado!
Mi señora, ya ella sola de por sí es un amor bucólico,
pero con pimientos en salsa y un poquito de pan moreno...
¡Vamos, que la mismísima Arcadia profusa y rubicunda no tuvo mejor reina...!
Me voy... me voy a por las latas y a picar algo en el “restorán”,
y después a la estación y a picar el billete de vuelta...
(No sé si luego en el pueblo me voy a acordar de tanta poesía y tan fina...
o si tendré que conformarme con la inspiración rural, aunque dispuesta,
que siempre proporcionan los humildes geranios y la flor de sardina.)
En fin, ¡a qué negarlo!... ya ven ustedes que, por más que amague,
por más que me soflame y me encocore cantando sentidas palinodias...
Soy un poeta aldeano y ¡no consigo, no consigo irme a la mano!



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